No tenía miedo a la muerte. Si muriera, todo habría terminado. Mi peor miedo no era morir, era vivir. Vivir, mientras todos a mi alrededor tenían la carne salvajemente arrancada de sus cuerpos para ser empujada dentro de las putrefactas y siempre hambrientas bocas de los zombies. Me aterrorizaba, hasta el fondo, estar viva mientras el resto del mundo estaba muerto.
En medio de la Segunda Gran Depresión, Orissa Penwell de veinticinco años no cree que las cosas puedan ponerse peor. No podía estar más equivocada. Un virus se desató en todo el país, dejando a los infectados enloquecidos, agresivos y muy hambrientos.
